Cómo motivar a un niño a estudiar sin premios ni castigos
Educación Infantil
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Cómo motivar a un niño a estudiar sin premios ni castigos

La semana pasada borré un mensaje de WhatsApp tres veces antes de enviarlo. Era para la tutora de mi hija. Quería preguntarle, con todo el tacto del mundo, por qué una niña que hace tres meses devoraba libros sobre volcanes ahora dice que estudiar es aburrido. Borré el mensaje porque, en el fondo, ya sabía que la respuesta no estaba en el colegio. Estaba en casa. Estaba en mí.

Motivar a un niño a estudiar es una de esas búsquedas que todos los padres hacemos en Google a las once de la noche, cuando ya llevamos media hora de negociación por unos deberes de lengua. Y lo que suele aparecer son listas de trucos: tablas de recompensas, pegatinas, quitar la tablet. Cosas que funcionan tres días y luego dejan de funcionar. He probado la mayoría. No tengo datos para afirmarlo con certeza, pero sospecho que tú también.

Lo que realmente mata las ganas de estudiar

Antes de hablar de cómo motivar, necesito hablar de lo que desmotiva. Porque en mi experiencia, la mayoría de padres no tenemos un problema de motivación. Tenemos un problema de desmotivación acumulada que no hemos identificado.

Hay tres cosas que matan la curiosidad natural de un niño más rápido que cualquier otra:

La comparación. "Mira lo bien que lo hace tu prima." Parece inofensivo. No lo es. El niño no escucha un ejemplo a seguir. Escucha que él no es suficiente tal como es.

La recompensa constante. Cuando prometemos helado por terminar los deberes, el cerebro del niño aprende algo muy concreto: estudiar es algo tan desagradable que necesita un premio para compensar. Hemos convertido el estudio en el castigo y el helado en la meta.

El control excesivo. Sentarnos a su lado a vigilar cada línea que escribe. Corregir antes de que termine. Reorganizar su mochila sin que lo pida. El mensaje implícito es devastador: no confío en que puedas hacerlo solo.

No estoy diciendo que haya que abandonarlos a su suerte. Estoy diciendo que hay una diferencia enorme entre acompañar y controlar, y que a veces la cruzamos sin darnos cuenta.

Un experimento que cambió mi forma de ver los deberes

Voy a contar algo que me da un poco de vergüenza. Durante semanas, me sentaba con mi hija a hacer deberes y terminábamos las dos frustradas. Yo porque ella se distraía. Ella porque yo no paraba de decirle que se concentrara. Un círculo perfecto de irritación mutua.

Un día, por puro agotamiento, le dije: "Hoy hazlos tú sola. Si necesitas algo, estoy en la cocina." Esperaba un desastre. Lo que pasó fue que tardó el doble, sí. Pero los hizo. Y cuando vino a enseñármelos, tenía una expresión que no le había visto en semanas: orgullo. No porque estuvieran perfectos, sino porque eran suyos.

Ese día entendí que mi presencia constante no era ayuda. Era una muleta que le impedía sentir que podía caminar sola.

Esto conecta mucho con lo que se habla en enseñar resiliencia a los niños: la capacidad de enfrentarse a algo difícil sin que alguien resuelva el problema por ellos es una habilidad que se entrena, no se regala.

Las tres preguntas que uso ahora antes de intervenir

Desde aquel día, antes de meterme en su proceso de estudio, me hago tres preguntas:

  1. ¿Me lo ha pedido? Si no me ha pedido ayuda, probablemente no la necesita. O necesita primero intentarlo sola.
  2. ¿Estoy ayudando o estoy calmando mi propia ansiedad? Esta es la pregunta incómoda. Muchas veces intervenimos no porque el niño necesite ayuda, sino porque nosotros no soportamos verlo atascado.
  3. ¿Qué aprende si intervengo ahora? Si la respuesta es "que mamá siempre está ahí para resolverlo", quizá no sea el mejor momento para intervenir.

No siempre acierto. Hay días en que me siento a su lado sin que me lo pida y le señalo un error antes de que lo descubra ella. Pero al menos ahora me doy cuenta de cuándo lo hago, y eso ya cambia algo.

Motivar a un niño a estudiar empieza lejos de los libros

Aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: la motivación escolar no se construye en el escritorio. Se construye en la cena, en el coche, en las conversaciones de antes de dormir.

Un niño que ve a sus padres leer, aprende que leer es algo que hacen las personas que admira. Un niño que escucha a sus padres hablar con curiosidad sobre algo que no saben, aprende que no saber es el punto de partida, no el punto de vergüenza.

Algunas cosas que he probado y que funcionan mejor que cualquier tabla de pegatinas:

  • Contar en la cena algo nuevo que aprendí ese día. No algo útil, no algo productivo. Algo que me pareció interesante. Ella empezó a hacer lo mismo sin que se lo pidiera.
  • Dejarle elegir el orden en que hace los deberes. Parece un detalle menor, pero el control sobre su propio proceso le devolvió algo de agencia que yo le había quitado sin querer.
  • Cuando dice "no entiendo esto", en vez de explicárselo, preguntarle: "¿Qué parte sí entiendes?" Eso cambia el foco de la carencia a lo que ya tiene, y desde ahí avanza mejor.

Esto no funciona todos los días. Hay tardes en que hay llanto, hay tardes en que yo pierdo la paciencia, hay tardes en que los deberes se entregan a medias. Pero la tendencia general ha cambiado. Y eso es lo que importa.

El problema con las notas como único termómetro

Tengo una opinión que sé que no es popular: creo que darle demasiada importancia a las notas puede destruir la motivación a largo plazo.

No digo que las notas no importen. Digo que cuando un niño estudia solo para sacar un número, aprende a estudiar para aprobar, no para entender. Y la diferencia se nota años después, cuando llegan a un punto en que no hay examen que los obligue y tienen que decidir por sí mismos si quieren seguir aprendiendo.

He visto niños con notas impecables que no tienen ni una chispa de curiosidad. Y he visto niños con notas mediocres que preguntan cosas que no se me habrían ocurrido a mí en la vida.

Esto depende mucho de cada familia y cada niño, pero si me preguntas qué prefiero: prefiero una hija que saque un siete y tenga ganas de aprender, a una que saque un diez y lo haga solo para que yo no me enfade.

El desarrollo del pensamiento crítico en niños tiene mucho que ver con esto: cuando un niño aprende a cuestionar, a dudar, a buscar respuestas propias, el estudio deja de ser una obligación y empieza a ser una herramienta que elige usar.

Qué hacer cuando dice "no quiero estudiar"

Esto lo he escuchado muchas veces. Y mi primer instinto siempre ha sido el mismo: argumentar, convencer, explicar por qué es importante. Pero he aprendido que cuando un niño dice "no quiero estudiar", casi nunca está hablando del estudio. Está hablando de otra cosa.

A veces está diciendo: "Estoy cansado y nadie me ha preguntado cómo estoy."

A veces está diciendo: "Esto es muy difícil y me da miedo fracasar."

A veces está diciendo: "Prefiero jugar porque jugar no me hace sentir tonto."

Lo que me funciona ahora no es rebatir, sino preguntar. "¿Qué parte te cuesta más?" "¿Hay algo que te preocupa?" "¿Quieres que busquemos otra forma de hacer esto?"

No siempre responde. No siempre funciona. Pero cuando funciona, lo que sale de esa conversación es infinitamente más útil que media hora de "siéntate y termina".

La inteligencia emocional en niños juega un papel fundamental aquí: un niño que sabe identificar lo que siente tiene mucha más capacidad de gestionar la frustración que implica estudiar algo que no le sale.

Rituales que ayudan sin que parezcan imposiciones

Una cosa que descubrí por accidente es que los niños funcionan mejor con rituales que con reglas. La diferencia es sutil pero importante: una regla es algo que se impone desde fuera. Un ritual es algo que se comparte.

Algunos que usamos en casa:

El ritual del arranque. Antes de empezar a estudiar, mi hija elige la música de fondo. A veces es algo instrumental, a veces es lo que esté de moda. No importa qué elija. Lo que importa es que el momento de empezar lo marca ella, no yo.

Los quince minutos sagrados. Acordamos que estudia quince minutos sin parar. Solo quince. Después, descansa cinco. Parece poco, pero quince minutos de concentración real son más productivos que una hora de estar sentada mirando el cuaderno mientras piensa en otra cosa.

La pregunta del cierre. Cuando termina, le pregunto: "¿Qué es lo más raro que has aprendido hoy?" No "qué has estudiado", no "cuánto has hecho". Algo raro, algo curioso, algo que le haya llamado la atención. Eso le obliga a buscar un fragmento del estudio que le haya interesado, y con el tiempo ese hábito de buscar lo interesante se vuelve automático.

Cuando el problema no es motivación, sino método

A veces confundimos falta de motivación con falta de herramientas. Un niño que no sabe organizarse, que no sabe cómo dividir una tarea grande en partes pequeñas, que no sabe resumir o subrayar, no es un niño desmotivado. Es un niño que no tiene las herramientas para hacer lo que le piden.

Esto me pasó con la asignatura de ciencias. Mi hija decía que la odiaba. Resulta que lo que odiaba era el formato: un libro denso, párrafos largos, sin imágenes. Le propuse que en vez de leerlo directamente, buscara videos cortos sobre el tema antes, y después leyera el libro como si fuera una segunda pasada. Le cambió la cara. No porque el contenido fuera diferente, sino porque la entrada al contenido era otra.

Los programas de EntreKlass trabajan precisamente con esta idea: adaptar el formato al niño, no el niño al formato. Cuando un niño aprende algo a través de retos, proyectos prácticos y dinámicas que se parecen más a un juego que a una clase, la palabra "estudiar" deja de sonar a condena.

Lo que no te van a decir en los artículos de "10 trucos para que tu hijo estudie"

Voy a ser honesta: no hay una fórmula. No hay un truco que funcione para todos los niños, ni siquiera uno que funcione para el mismo niño todos los días.

Lo que sí hay es una dirección. Y la dirección, en mi experiencia, es esta: menos control, más confianza. Menos premios, más presencia. Menos "hazlo por la nota", más "¿qué te ha parecido interesante?"

He cometido errores con esto. He gritado por los deberes. He amenazado con quitar privilegios. He prometido recompensas que luego no dieron ningún resultado duradero. Y lo que he aprendido de todos esos errores es que lo que más motivó a mi hija no fue ninguna estrategia. Fue el día que dejé de intentar que estudiara y empecé a interesarme de verdad por lo que estaba aprendiendo.

Si algo de esto te resuena, quizá también te interese cómo criar hijos con mentalidad ganadora sin presión. Porque al final, motivar a un niño a estudiar no es un problema aislado. Es parte de algo más grande: cómo le enseñamos a relacionarse con el esfuerzo, con el error y consigo mismo.


Cada semana intento ser un poco menos controladora y un poco más curiosa con lo que mi hija piensa. No siempre sale bien. Pero cada vez sale mejor.

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Yugeydi Fernandez — Directora de EntreKlass & Mentora de Emprendedores

Escrito por

Yugeydi Fernandez

Directora de EntreKlass & Mentora de Emprendedores

Directora de EntreKlass y fundadora de Expo Feria Emprendedora. Más de 8 años formando emprendedores y mentora en soymentora.com.